jueves, 31 de enero de 2008

martes, 29 de enero de 2008

domingo, 27 de enero de 2008

miércoles, 23 de enero de 2008

Woyzeck

martes, 22 de enero de 2008

viernes, 18 de enero de 2008

Charles Baudelaire (II)

UNA CARROÑA


Recuerda el objeto que vimos, alma mía,
aquella bella mañana de verano tan dulce:
al torcer de un sendero una carroña infame
sobre una cama sembrada de guijarros,

las piernas al aire, como una mujer lúbrica,
ardiente y sudando los venenos,
abría de una manera descuidada y cínica
su vientre lleno de exhalaciones.

El sol brillaba sobre esta podredumbre,
como para cocerla a punto,
y de rendir al céntuplo a la gran Naturaleza
todo esto que al mismo tiempo había unido.

Y el cielo miraba el esqueleto soberbio
como a una flor al abrirse.
El hedor era tan fuerte, que en la hierba
creíste que ibas a desmayar.

Las moscas zumbaban sobre este vientre pútrido,
de donde salían negros batallones
de larvas, que se deslizaban como un espeso líquido
a lo largo de estos viventes harapos.

Todo aquello descendía, subía como una ola,
o se lanzaba chispeante;
se habría dicho que el cuerpo, hinchado de un aliento vago,
vivía multiplicándose.

Y este mundo comportaba una extraña música,
como el agua corriente y el viento,
o el grano que un aventador de un movimiento rítmico
agita y devuelve a su harnero.

Y las formas se borraban y sólo eran un sueño,
un esbozo lento en venir,
sobre la tela olvidada, y que el artista acaba
solamente para el recuerdo.

Detrás de las rocas una perra inquieta
nos miraba con aire enojado,
espiando el momento de recuperar del esqueleto
el trozo que había abandonado.

Y tú serás igual a este desperdicio,
a esta horrible infección,
estrella de mis ojos, sol de mi naturaleza,
tú, mi ángel y mi pasión.

¡Sí! tal serás tu, oh, reina de las gracias,
despues de los últimos sacramentos,
cuando vayas bajo la hierba y las floraciones grasas
a enmohecer entre las osamentas.

Entonces, ¡oh, mi belleza! dile a los gusanos
que te comerán a besos,
que yo he guardado la forma y la esencia divina
de mis amores descompuestos.

domingo, 13 de enero de 2008

Dámaso Alonso

Los Insectos.


Me están doliendo extraordinariamente los insectos,
porque no hay duda, estoy desconfiando de los insectos,
de tantas advertencias, de tantas patas, cabezas y esos ojos,
oh, sobre todo, esos ojos
que no me me permiten vigilar el espanto de las noches,
la terrible sequedad de las noches, cuando zumban los insectos,
de las noches de los insectos,
cuando de pronto dudo de los insectos, cuando me pregunto,
ah, es que hay insectos?
cuando zumban y zumban y zumban los insectos,
cuando me duelen los insectos por toda el alma,
con tantas patas, con tantos ojos, con tantos mundos de mi vida,
que me habían estado doliendo en los insectos,
cuando zumban,cuando vuelan,cuando se chapuzan en el gua, cuando...
ah!, cuando los insectos...

Los insectos devoran la ceniza y me roen las noches,
porque salen de tierra y de micarne de insectos los insectos,
Disecados! Disecados los insectos!
Eso, disecados los insectos que zumbaban, que comían, que roían, que se chapuzaban en el agua,
ah,cuando la creación!, el día de la creación,
cuando roían las hojas de los insectos, de los árboles de los insectos,
y nadie, nadie veía a los insectos que roían,que roían el mundo,
el mundo de micarne, y lacarne de los insectos,
los insectos del mundo de los insectos que roían,

Y estaban verdes, amarillos y de color de dátil, de color de tierra seca los insectos,
ocultos, sepultos, fuera de los insectos y dentro de mi carne,
dentro de los insectos y fuera de mi alma,
disfrazados de insectos.
Y con ojos que se reían y con caras que se reían y patas,
y patas que no se reían, estaban los insectos metálicos
royendo, royendo y royendo mi alma, la pobre,
zumbando y royendo el cadáver de mi alma que no zumbaba y que no roía,
royendo y zumbando mi alma, la pobre, que no zumbaba, eso no, pero que al fin roía, roía dulcemente,
royendo y royendo ese mundo metálico y estos insectos metálicos que me están royendo el mundo de pequeños insectos,
que me están royendo el mundo y mi alma,
que me están royendo mi alma toda hecha de pequeños insectos metálicos, que me están royendo el mundo, mi alma, mi alma,
ah!, los insectos!,
ah!, los puñeteros insectos!


(Madrid, 1898–1990)

sábado, 12 de enero de 2008

jueves, 10 de enero de 2008

PAISAJE

Detrás de mis ojos se abre un infinito paisaje negro.
Es un abismo húmedo donde se oyen anémicos desde el fondo sonidos metálicos de pequeñas campanas y una tuba que soporta todo en una nota grave y constante.
Apenas uno percibe cuando cada tantos años se vacían los pulmones de la criatura que la suena.
El instante en que deja de besar la tuba para hincharse los pulmones derrumba toda la confianza que tenemos de vivir en silencio y paz.


A propósito de esta pausa, del intervalo mudo, hemos decidido internarnos en la negrura y hallar, tanteando ciegamente, las facciones de la criatura. ¿Acaso posee animo alguno durante la ejecución de su tarea? ¿Acaso puede respondernos? Si hablara con él lograría prolongar brevemente el nuevo silencio, el verdadero silencio.
El viejo silencio se va atenuando, mi proximidad con la criatura lo define cada vez con mayor claridad en el sonido grave y constante. No es en absoluto comparable a la sensación de oír, una extraña sensación táctil de temblor en el tímpano pero no percibimos datos propiamente sonoros. Un golpe de tambor que no cesa. Un solo golpe de tambor.

Permanecemos junto a mi amigo recostados sobre una materia blanda, un suelo mórbido que hemos hallado en la oscuridad. La rigurosa firmeza del sonido no oscila lo suficiente como para reconocer su ubicación en la noche. Hemos decidido esperar otro intervalo. No tenemos ninguna garantía de que cese nuevamente. Yo temo.

Mi amigo es mas impaciente que yo. Hace tiempo creyó que era oportuno conversar mientras aguardamos. No quise interrumpirlo rudamente, mantuve silencio hasta que comprendiera y callara.
Habló de sus hijos y la madre de estos. Dijo algo respecto de volver con ellos y olvidar la criatura. Yo mantuve silencio y quietud.

He descubierto que la materia bajo nosotros es hierba, pasto húmedo. Yo paso el tiempo armando trenzas con cabellos de hierba. También mi amigo colabora en este entretenimiento. Hemos logrado trenzar toda una frazada de pasto. Ambos, una vez terminada, nos enorgullecimos de tal proeza. Nos cubrimos algún tiempo. En un breve periodo secó y mientras dormía mi amigo me deshice de ella, temí que el crujiente ruido de la hierba seca pudiera superponerse inoportunamente al esperado intervalo.

Mi amigo desapareció. Temo que haya sido por lo de la frazada. Tiempo atrás, días, quizás semanas, oí pasos a mi alrededor. Mantuve silencio nerviosamente, no quise llamar y arriesgar perder el intervalo. Por otro lado si era mi amigo no hubiera sido justo atraerlo nuevamente a mi empresa donde era claramente infeliz. Mi peor especulación al respecto ha sido contemplar la posibilidad de que sea mi amigo perdido, de que no logre abandonar la negrura. Yo no sabría salir. La noción de espacio ha quedado en mi reducida a las distancias que proponen grama y grama a lo largo de mi piel. No me he movido aparte de mis dedos jugando con el pasto.

¡Dios! Ha cesado brevemente. ¡El intervalo! ¡El intervalo! He perdido la facultad de distinguir direcciones cardinales. Pero no es necesario, identifico ahora que se ha reiniciado el sonido su procedencia con toda claridad. Son exactamente cuatrocientas diez las hebras sobre las que apoyo mi pierna izquierda. ¡He descubierto su posición!
Entre la hierba trescientos y la trescientos cincuenta he descubierto la procedencia del sonido. ¡Dios que gravedad! Ensordece dolorosamente… ¿¡Cómo vivíamos así!? Estoy llorando ¿Qué he hecho?

Huyo de la noche aterrado. Al pararme separé los cabellos de hierba y no hallé nada. Percibo igualmente con toda claridad el exacto punto desde el cual se expande el horrible sonido. Cubrí mis oídos. ¿No hay criatura? ¡Dios! Corro llorando con los oídos cubiertos. ¿Qué he hecho? He corrido. Corro. Tropecé con un muslo y varios muslos, mi amigo gritó de dolor. ¡Mi amigo esta aquí aún con sus hijos en brazos! ¿Qué ha hecho? ¡Dios! No se huir. La geografía de hierba me es inútil y estoy perdido y corro y oigo sin poder evitar el sonido tremendo. En algún lugar encontré las manos de mi madre y lloro.

martes, 8 de enero de 2008

Schnittke Concerto grosso for two violins

Henry Miller

(...) Al intentar conservar el cuerpo perdido, crecí en lógica como la ciudad, un punto dígito en la anatomía de la perfección. Crecí más allá de mi propia muerte, espiritualmente brillante y dura. Estaba dividido en ayeres interminables, mañanas interminables, descansando solo en la cúspide del acontecimiento, una pared de muchas ventanas, pero la casa había desaparecido. Debo destrozar las paredes y las ventanas, el último caparazón del cuerpo perdido, si quiero reincorporarme al presente. Por eso es por lo que ya no miro a los ojos ni a través de los ojos, sino que mediante la prestidigitación de la voluntad nado a través de los ojos, cabezas y brazos y piernas para explorar la curva de la visión. Veo a mi alrrededor, como la madre que en otro tiempo me llevó en su seno veía a las vueltas de las esquinas del tiempo. He quebrado el mundo creado por el nacimiento y la línea del viaje es redonda y continua, uniforme como el ombligo. No hay forma, ni imagen, ni arquitectura, solo vueltas concéntricas de pura locura. Soy la flecha de la sustancialidad del sueño. Verifico volando. Anulo dejándome caer a la tierra.
Así pasan los momentos, momentos verídicos del tiempo sin espacio en que lo sé todo y sabiéndolo todo me desplomo bajo el salto del sueño sin yo.
Entre esos momentos, en los intersticios del sueño, la vida intenta construir en vano, pero el andamio de la lógica de la ciudad no es apoyo. Como individuo, como carne y sangre, me nivelan cada día para formar la ciudad sin carne ni sangre, cuya perfección es la suma de toda lógica y la muerte del alma. Estoy luchando con una muerte océanica que en mi propia muerte no es sino una gota de agua que se evapora. Para alzar mi vida individual, una simple fracción de centímetro por encima de este mar de sangre que se hunde, he de tener una fe mayor que la de Cristo, una sabiduría más profunda que la del mayor de los profetas. He de tener la capacidad y la paciencia para formular lo que no va contenido en el lenguaje de nuestro tiempo, pues lo que no es inteligible carece de sentido. Mis ojos son inútiles, pues solo me devuelven la imagen de lo conocido. Mi cuerpo entero ha de convertirse en un rayo constante de luz, que se mueva con mayor rapidez todavía, que nunca se detenga, que nunca mire hacia atrás, que nunca se consuma. La ciudad crece como un cáncer; he de crecer como un sol. La ciudad corroe cada vez más lo rojo; es un insaciable piojo blanco que me devora. Voy a morir en cuanto ciudad para poder volver a ser un hombre. Así pues, cierro los oidos, los ojos, la boca.
Antes de que vuelva a ser un hombre, probablemente existiré como parque, una especie de parque natural al que la gente va a descansar, a pasar el tiempo. Lo que digan y hagan tendrá poca importancia, pues solo traerán su fatiga, su aburrimiento, su desesperanza. Seré su amortiguador entre el piojo blanco y el glóbulo rojo. Seré un ventilador para erradicar los venenos acumulados mediante el esfuerzo por perfeccionar lo imperfectible. Seré ley y orden tal como existen en la naturaleza, tal como se proyecta en el sueño. Seré el parque salvaje en plena pesadilla de la perfección, el sueño sosegado, inconmovible, en plena actividad frenética, el tiro al azar en la blanca tabla del billar de la lógica. No sabré llorar ni protestar, pero estaré siempre ahí en absoluto silencio para recibir y para restaurar. No diré nada hasta que llegue otra vez el momento de ser un hombre. No haré esfuerzos ni para preservar ni para destruir. No emitiré juicios ni críticas. Los que estén hartos acudirán a mi en busca de reflexión; los que no estén hartos morirán como vivieron, en el desorden, en la desesperación, ignorando la verdad de la redención. Si alguien me dice, debes ser religioso, no responderé. Si alguien me dice, no tengo tiempo ahora, me espera una mujer, no responderé. Siempre habrá una mujer o una revolución a la vuelta de la esquina, pero la madre que me llevó en su seno dobló más de una esquina y no respondió, y, al final, se dio la vuelta de adentro hacia afuera y yo soy la respuesta.
Trópico de Capricornio (1939).

sábado, 5 de enero de 2008

Georg Grosz

Dada-Zeichnung "Mann mit Messer, Flasche und Mond"


jueves, 3 de enero de 2008

MANOLO MILLARES
España. (1926-1972)
Perteneciente al grupo "El Paso", movimiento que surge como reacción al
pobre ambiente vanguardista de la capital española tras la guerra civil.