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viernes, 23 de noviembre de 2007

Arseni Tarkovski

De nuestros encuentros
cada instante era la fiesta
con el dios distante,
solos en todo el mundo.
Eras más valiente y ligera
que el ala de un ave.
Por la escalera como un mareo acosante
- corrías y me llevabas -
suave dentro de la húmeda lila
a tus dominios insondables
por la otra parte del espejo.
Y al llegar la noche
me fue regalada la piedad;
se abrió la puerta del altar
y brilló en la oscuridad
la desnudez en su lento declinar
Y al despertar: "Bendita seas" dije
y supe que era audaz mi bendición:
dormías tú,
y se extendía la lila para tocar
tus párpados con el azul del universo.
Y los párpados que el azul tocó
quietos eran y la mano, tibia.
Y pulsaban los ríos en el cristal,
humeaban los cerros, brillaba el mar.
Una esfera de cristal tenias en tu mano.
Dormías en un trono elevado,
y ¡Dios sagrado! mía eras,
mía mi beldad.

Versos de la película "El espejo" de Andrei Tarkovski
(fragmento)

martes, 13 de noviembre de 2007

Marina Tsvetáieva

Te arrebataré a todas las tierras o cielos,
porque el bosque es mi cuna, y el bosque es mi sepulcro,
porque con un solo pie apenas piso la tierra,
porque sé cantar para ti como nadie sabe.

Te arrebataré a todos los tiempos y noches,
a todas las doradas banderas, a todas las espadas,
esconderé las llaves, echaré de la entrada a los perros,
porque en la noche invernal soy más fiel que un perro.

Te arrebataré a todas las demás y a aquella, la única,
no serás el prometido de nadie, no seré la esposa de nadie.
Y en la última contienda te quitaré -¡guarda silencio! -
a aquél con quien Jacob luchó en la noche.

Pero hasta que te quedes con los brazos en cruz sobre el pecho,
-¡maldición! - tú te has de quedar contigo.
Tus dos alas, dirigidas al éter,
¡porque el mundo es tu cuna, y el mundo es tu sepulcro!

1916

domingo, 11 de noviembre de 2007

Leónidas Andrejev

El paso del límite, he aquí donde reside lo fatal. Lo que sigue ya no importa; lo importante es el paso del elemento de paz al elemento de guerra, del elemento de vida y humano al elemento de muerte e inhumano. Me acuerdo también del silencio que se produjo después de los tiros, de la fuga muda de la multitud aterrorizada. Muchos, al correr, tropezaban, caían, o bien se tiraban ellos mismos, y yo creía que todos estaban muertos. Más tarde, supe que en total sólo había habido un herido.
Se vio el cebo de lo personal, de lo provisional. Sólo en estos pasos del límite, cuando la maquinaria parece cambiar de cinta, es cuando se rechaza por un instante el error y se ve todo el mecanismo de él. Y el hombre se convierte en impersonal, irreal, eterno. ¡Tal y como es en verdad!

Diario
28 de abril, 1918