Al principio, son como instancias mínimas tramando,
maravilloso en primavera, pues la primer hoja en el árbol
es el movimiento inicial, la instancia fija,
la piel del tallo suspendida y presiento
que será el fin fabuloso de las hojas.
La primavera esperando con su busto verde,
y la vaca en tierra rígida asomando
su pesado verbo herbívoro y
sus ojos, sus ojos,
grandes y redondos pétalos rodeando
el maravilloso fin
de la fascinación dormida de la carne
verde, de sus pétalos en llamas, del incendio
de los minúsculos tejidos del ganado,
y de los límites del campo. Presiento
la interacción sostenida de la sangre
y el malabar de los tiempos todos
asomando por el tallo de la hoja,
ennegreciendo la ternura de su busto,
el maravilloso fin
de la fascinación dormida de la carne
a solas, por la negra envergadura de su sangre
seca, por los confines y los términos de instancias
fijas,
por los ojos del ganado todo,
por el amarillo incendio de las hojas.
domingo, 16 de marzo de 2008
Al principio, son como instancias mínimas...
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domingo, 9 de marzo de 2008
Cómo hay tanta paciencia en el mundo sólo me lo explico cuando veo cuanta muerte hay y cómo a menudo la vida misma tiene dentro de sí más muerte que vida, y sólo es vida para mantener impávida a esa muerte y evitar que vaya a reunirse con el resto. miércoles, 5 de marzo de 2008
"Diarios"
4 de enero de 2008, viernes.
Sufro de una manera muy particular de tensión nerviosa. Si alguien que está rondando en la casa, si cualquier recién llegado, o cualquier objeto, como una cartera o una bicicleta apoyada en la puerta, se me cruza en el camino, entonces se produce una alerta exasperante, sobre todo en el pecho y cierta parte de la cara (yo he pensado en un inquieto retorcijón amarillo) que se mueve con el ruido de las puertas, o con el ruido de pasos que caen desde arriba. Ahora ha comenzado a detenerse cuando logro entrar al cuarto y permanecer en silencio. En los días anteriores me he visto obligado a salir, a deambular. Huyendo del pánico caminé durante cuadras y bajé las escaleras hasta un sitio desconocido para mi, muy semejante a una playa; luego volví, me encerré nuevamente y me acosté boca abajo en la cama buscando dormir.
El hombre no es necesario en las calles, en la intemperie solamente calcula al número que cifra, menciona al objeto que levanta, y más tarde se habla a si mismo al lado suyo repitiéndose con insistencia la palabra “brazo”. ¿Pero dónde pudo esconder el brazo el hombre para poder hundir sus dos brazos en el fuego? ¿Si pudo hundir sus dos brazos en el fuego, cómo es que aquel otro no ha salido? ¿No es evidente acaso que no se trata más que de dos brazos?, ¿por qué existiría un brazo extra en la intemperie? Si fuera así que sucediera, ¿a dónde iría el hombre después de curar del fuego?, ¿a dónde se fue, si se ha ido, si es que está convaleciendo todavía? Deambular lleva a otro terreno que lleva a otro sitio que lleva a otro sitio... El hombre no puede ser necesario en la intemperie. El hombre no debe calentarse caminando, el planeta no debe calentarse con el hombre: el hombre debe amarse dentro. Pero el hombre tampoco es necesario en las profundidades.
Me acerco continuamente hasta la ventana para fumar un cigarrillo; ya es la tercera vez en diez minutos. Lo único que puede liberarme de esta obsesión es tomarme un ómnibus esta tarde y ya no regresar de nuevo hasta la noche; durante toda la mañana he estado considerando salir, pero nos sabría a dónde, ni para qué, ¿para entrar a dónde después de salir? Hay un sol fuerte, y no hace demasiado calor, sin embargo el aire aparenta estar irrespirable, y solo la idea de salir ya me representa un esfuerzo sobrehumano.
8 de enero, martes.
“Noah” significa lugar de protección y de descanso. Cuando salí del ciber café de Paulie, y tuve que recoger mis cosas, abandonar mi casa y volverme a Maldonado, durante varios meses me entregué a una salvación sin pretensiones que estuve buscando en cualquier lugar que sugiriera alojarla. Si me hubiesen invitado a fermentar al sol o a caminar medio continente en busca de Cristo, yo hubiese salido sin más pertenencias que las que llevaba puestas a internarme en el propósito como en la búsqueda desquiciada de un candado que no cierra. Ese candado, en mi obstinación, era semejante a una llave. Esa llave, por otra parte, era la puerta cerrada que la humanidad no había sabido manipular correctamente: debía arrojarse esa puerta sobre otra hasta hacer quebrar los corredores y escapar del Noha; había que, bajo cualquier esfuerzo, huir nuevamente al movimiento. Noah es el sitio donde Dios ha plantado a los hombres para clavarlos lejos del placer del movimiento; enterrados afuera de la actividad mental, absorbidos por misiones inmediatas puestas encima y debajo de la vegetación, los hombres enloquecen dando vueltas alrededor de un árbol.
Con el tiempo la caminata me agotó, y sospeché que estaba perdido. No se trataba de un corredor finito: el Noha se expandía a cada hora dos metros más allá de su espejismo. ¡Era como estar encerrado en un desierto! Busqué puertas en las dunas y no hallé nada. Me enloquecieron las sombras en la arena: eran sitios que me esperanzaban puesto que provenían de unas gigantescas elevaciones que yo veía desde lejos, pero al llegar eran figuras imposibles, cuerpos de seres humanos sin torsos ni cabezas. En el Noha abusaron de mis brazos hasta hacerme perder cualquier noción del resto de mi cuerpo. Cada tarde vagué por el desierto infructuosamente, y cada noche se me hacía más y más difícil pensar en las puertas, los candados, las llaves: sin darme cuenta cómo me hallaba de pronto involucrado en otro modo de figuración, mucho más simple y cerrado que aquel otro de mis imaginaciones y aun más hondo en sus cementos. Estas identidades, estas clases, estos adjetivos y vocablos. Yo había pensado en puertas y llaves, en estrechos corredores que permitían doblar sus significados hasta golpear el primer logos del planeta, y en la boca a afuera, en la entrada salvaje al movimiento, derrumbar los edificios de la vegetación, la piedra de la savia, la tinta verde chorreando a Dios del Universo al fin para comenzar la caminata en los pies del hombre. Y así en su torso, su cabeza, su mano.
Pronto se cruzó en mi deambular un calor oscuro que jamás había percibido antes; llegué a pensar, en mi resignación, que era tan solo una variante más de las dimensiones habituales. Muerto de cansancio caí en un sueño horrendo; me desperté más tarde con un dolor seco en el pecho y sudando como un cerdo por el aire caliente. Todos avanzamos. Fui a parar a otro terreno que llevaba a otro sitio que llevaba a otro sitio... Y el desierto, por si mismo, remontó un viento salvaje que echó a volarlo todo. Cuando desperté estaba dentro de un pozo sin figuraciones, sin imágenes posibles, sin sonidos ni conceptos.
Agotado, no pudiendo hallar referencia alguna a lo que sucedía, cerré los ojos y me dormí otra vez.
Con el tiempo, yo creo que accidentalmente, luego de despertar y volver a dormirme cada cierto lapso, vine a emerger en esta casa. Me asombré al observar, ha medida que la recorría (estamos hablando de más de 14 cuartos), que las paredes, según la habitación y la hora, sustituían sus colores gradualmente de claro a oscuro. Sucede que cuando por ejemplo a las nueve de la mañana en la habitación principal predominaba el color violeta, en las laterales (las que siguen la hilera del primer baño) el que guardaba mayor presencia era el amarillo. Nunca sucedió, sin embargo, que a la hora siguiente el amarillo diera lugar al blanco ni el violeta al azul. Aunque ninguna habitación sostuviera una coordinación conjunta en relación a las otras, cada cual seguía un mismo camino en línea recta que más tarde se reiniciaba al llegar al negro. A las doce de la noche (por pensar en una hora en la cual considerar que finaliza el día) cada habitación era dominada por un color distinto. Tampoco se repetía, a las tres de la tarde del día siguiente, el mismo color de las tres de la tarde del día anterior. Salvo por la gradación de claro a oscuro en que parecían funcionar todas ellas –único patrón que pude resolver–, el tiempo en que cada una permanecía en un color, los diferentes tonos del mismo color alrededor del cuarto, la velocidad de los ciclos, los motivos de todo eso, aparentaban un capricho que decidí renunciar a entender, pues me producía angustia, y mi inseguridad crecía a cada minuto que pasaba.
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sábado, 23 de febrero de 2008
La practica de una fantasía: la antelación del discurso post-mortem
¿Qué pasará si hablo?
¿Vendrá alguien a llorar cuando yo sonría, a sonreír cuando llore?
No.
Todas las noches sentiré el eco vacío de mi voz, que ya ha sonado y no sonará así nunca más. Todas las noches me acostaré en mi cama solo, oyendo a mi voz recorrer las calles volviendo su figura a cada instante, y a la sazón no sólo yo estaré solo sino que ella también…, y así habrá llegado la hora de la conciencia, y entonces tendré que matarme. Entonces tendré que introducirme en el bosque de la muerte buscando la cabaña en la que viven mis padres y decirles que he fracasado.
¡Cuanta vitalidad ha de hacer falta para dejar la vida! Cuanto polvo de ensueño flotando como un camino sobre el pavor naciente y poniente del principio del amor, perdiéndose a la distancia, precediéndolo a uno mientras entra a la muerte y, aunque sin hacer jamás visible el más allá, llevando al caminante tan lejos que le sea más fácil seguir por la fe, que volver otra vez a pedir perdón y dar las gracias… Y al fin sólo caminar, casi sin sostén, sobre la nada, hasta perder pie y hundirse en la antigüedad del sueño.
Mientras ese acto, continente de todas las esperanzas, hace arder el cuerpo como un leño, y mientras los humos de esa entrega velan toda otra emoción más larga y débil, todo otro sentimiento más atado al pudor, toda concesión, todo regalo del mundo a los sentidos…, ya entonces el ser ha trascendido a su propia vida, pues ha entregado todo lo que es por lo que aún no es, pero sobre todo por lo que acaso no pueda ser jamás.
Solo pensar que alguien me mira
a los ojos
y toma mi olvido en sus manos
en vano
- para no estar solo -
y en mis ojos nada queda
Sólo Dios quiere mis latidos
pues todo lo que amo tiene su propia vida
y allí se va cuando lloro
Sólo quien me dio me pide
lo demás cae como corteza seca
Y Dios me duele en el pecho
pues todo es falso
y para ser falso
me roba lo que mi padre me dio
para que regalara
Pero Dios sólo vendrá cuando haya muerto
porque sólo quiere a los vencidos
porque sólo quiere vernos llorar su lluvia
borrándonos el rostro
Ah, esa grandeza que hace llover
lágrimas del cielo
sólo me da de beber mi muerte
no me conoce
me ama con indiferencia
me ama con amor que no quiero
y entonces me mata
He hablado: he de morir.
Debo morir porque estoy cansado, y porque el suelo es húmedo y duro y me hace doler el corazón cuando duermo.
Caigo sobre los brazos de Dios porque nadie ni nada más me sostiene. Caigo sin pedir perdón ni dar las gracias, sólo caigo, a un sueño más hondo, porque estoy cansado.
Cuando el destino me cedió su lugar
mi tarea fue crear a un dios que juzgue al mundo
mi tarea fue quitarle al mundo la facultad de juzgar.
Cuando el destino me cedió su lugar, me dijo:
Los hijos de la tierra están tan solos… Pero tú estás acompañado por mí en cada parcela de tierra que le ha ganado tu soledad al mundo. ¿No ves como tus sentidos yacen medio muertos al arte, y tu amor, como un fuego de artificio, te pertenece menos que la noche que ilumina? ¿No ves que la hermosura es un desastre y que mientras los hombres, asustados por el fuego divino, dejan arder la selva de su corazón, el mundo aún espera ser creado?
Por la soledad acompañado ya no posees la sed del hombre sino la sed del mundo…, un mundo nuevo con el viejo mundo como parturienta.
Así el destino
me plantó su ala sana
en mi ala rota.
Pero perdí mi otra ala, porque el destino quería volar más alto.
Así fue que no di la talla, así es que debo morir.
Mas antes tenía que hablar, y he hablado.
Piloto del dios viviente.
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miércoles, 6 de febrero de 2008
Poema VI
Que será de mí, todos se juntan:
precipitaciones apoyándose en el agua;
qué será de mí al lado de los pares
que caminan modulándose en la puerta.
Qué será de mí al fondo de las precipitaciones,
en la sala abierta
cayéndose en mí casa;
qué será de mí en las precipitaciones
de la casa llena de sujetos,
por el buen sembrar del lado de las flores...
¿Qué será de ti en las precipitaciones?
en su inmenso, inmenso hueco,
en el cielo irregular del techo suelto,
en el margen, en los mundos de la casa,
y en los fondos de los golpes sobre el margen,
al fondo, en el fin de las precipitaciones...
¿Qué será del fin, del cielo, sol, o de la puerta
que da a un lugar de gente en otra lluvia?
Las mitades y el fin de sus centenas
e incendios de sus campos en ciudades:
tengo flores casadas con el aire,
espíritus de flores sepultadas,
revoltijos enrollándose en el agua
se apoyaron en mí como leones.
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jueves, 31 de enero de 2008
jueves, 10 de enero de 2008
PAISAJE
Es un abismo húmedo donde se oyen anémicos desde el fondo sonidos metálicos de pequeñas campanas y una tuba que soporta todo en una nota grave y constante.
Apenas uno percibe cuando cada tantos años se vacían los pulmones de la criatura que la suena.
El instante en que deja de besar la tuba para hincharse los pulmones derrumba toda la confianza que tenemos de vivir en silencio y paz.
A propósito de esta pausa, del intervalo mudo, hemos decidido internarnos en la negrura y hallar, tanteando ciegamente, las facciones de la criatura. ¿Acaso posee animo alguno durante la ejecución de su tarea? ¿Acaso puede respondernos? Si hablara con él lograría prolongar brevemente el nuevo silencio, el verdadero silencio.
El viejo silencio se va atenuando, mi proximidad con la criatura lo define cada vez con mayor claridad en el sonido grave y constante. No es en absoluto comparable a la sensación de oír, una extraña sensación táctil de temblor en el tímpano pero no percibimos datos propiamente sonoros. Un golpe de tambor que no cesa. Un solo golpe de tambor.
Permanecemos junto a mi amigo recostados sobre una materia blanda, un suelo mórbido que hemos hallado en la oscuridad. La rigurosa firmeza del sonido no oscila lo suficiente como para reconocer su ubicación en la noche. Hemos decidido esperar otro intervalo. No tenemos ninguna garantía de que cese nuevamente. Yo temo.
Mi amigo es mas impaciente que yo. Hace tiempo creyó que era oportuno conversar mientras aguardamos. No quise interrumpirlo rudamente, mantuve silencio hasta que comprendiera y callara.
Habló de sus hijos y la madre de estos. Dijo algo respecto de volver con ellos y olvidar la criatura. Yo mantuve silencio y quietud.
He descubierto que la materia bajo nosotros es hierba, pasto húmedo. Yo paso el tiempo armando trenzas con cabellos de hierba. También mi amigo colabora en este entretenimiento. Hemos logrado trenzar toda una frazada de pasto. Ambos, una vez terminada, nos enorgullecimos de tal proeza. Nos cubrimos algún tiempo. En un breve periodo secó y mientras dormía mi amigo me deshice de ella, temí que el crujiente ruido de la hierba seca pudiera superponerse inoportunamente al esperado intervalo.
Mi amigo desapareció. Temo que haya sido por lo de la frazada. Tiempo atrás, días, quizás semanas, oí pasos a mi alrededor. Mantuve silencio nerviosamente, no quise llamar y arriesgar perder el intervalo. Por otro lado si era mi amigo no hubiera sido justo atraerlo nuevamente a mi empresa donde era claramente infeliz. Mi peor especulación al respecto ha sido contemplar la posibilidad de que sea mi amigo perdido, de que no logre abandonar la negrura. Yo no sabría salir. La noción de espacio ha quedado en mi reducida a las distancias que proponen grama y grama a lo largo de mi piel. No me he movido aparte de mis dedos jugando con el pasto.
¡Dios! Ha cesado brevemente. ¡El intervalo! ¡El intervalo! He perdido la facultad de distinguir direcciones cardinales. Pero no es necesario, identifico ahora que se ha reiniciado el sonido su procedencia con toda claridad. Son exactamente cuatrocientas diez las hebras sobre las que apoyo mi pierna izquierda. ¡He descubierto su posición!
Entre la hierba trescientos y la trescientos cincuenta he descubierto la procedencia del sonido. ¡Dios que gravedad! Ensordece dolorosamente… ¿¡Cómo vivíamos así!? Estoy llorando ¿Qué he hecho?
Huyo de la noche aterrado. Al pararme separé los cabellos de hierba y no hallé nada. Percibo igualmente con toda claridad el exacto punto desde el cual se expande el horrible sonido. Cubrí mis oídos. ¿No hay criatura? ¡Dios! Corro llorando con los oídos cubiertos. ¿Qué he hecho? He corrido. Corro. Tropecé con un muslo y varios muslos, mi amigo gritó de dolor. ¡Mi amigo esta aquí aún con sus hijos en brazos! ¿Qué ha hecho? ¡Dios! No se huir. La geografía de hierba me es inútil y estoy perdido y corro y oigo sin poder evitar el sonido tremendo. En algún lugar encontré las manos de mi madre y lloro.
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lunes, 17 de diciembre de 2007
EL ARTE DE OFENDER
Los uruguayos percibimos el color menguado en sus propiedades expresivas. Nuestros cuadros exhiben esta situación explícitamente. Un uruguayo en el MOMA es inmediatamente discernible del resto por su extraña necesidad de colocarse gafas oscuras frente a ejemplares fauves o varias de las piezas post-impresionistas allí exhibidas. Esto se debe a la natural propensión del uruguayo de subordinar el color a las habilidades constructivas del pintor. Un Soutine le propone una irritación retiniano-intelectual tal que varios museos europeos han dispuesto advertencias y carteles varios prohibiendo el ingreso de uruguayos a sus establecimientos. La inclinación flemática del uruguayo por la pintura tonal, contenida y medida en sus relaciones cromáticas al servicio del armonioso diseño y la construcción severa le han granjeado una oscura fama entre las naciones promotoras del color como sumo valor expresivo y dador de forma y ritmo.
Luego el pintor uruguayo es un individuo sumamente peligroso, sus nervios tensamente comprimidos en teorías auspiciantes de la regularidad rítmica, simetrías y proporción Áurea, suelen desatarse de las maneras mas violentamente escandalosas (un episodio ejemplar de estos arrebatos puede señalarse en el incendio del museo de San Pablo mientras se exhibía allí buena parte de la obra del maestro J.T.G).
La ancestral rivalidad con el pintor español de finales del s. XX encuentra su cardinal fundamento en la herencia sumisamente recibida de la ultima frenética pintura del maestro Picasso, los uruguayos unánimemente conceden el merecido valor que involucra el talento e inteligencia constructiva del genial malagueño, más no ha sido unánime el dictamen respecto de su manejo del color en su obra madura. Las generaciones posteriores al malagueño han priorizado inocentemente ese bárbaro, salvaje proceder pictórico produciendo irritaciones desmedidas en los exploradores uruguayos (exceptuando el caso de los pintores canarios a los que se tiene en gran estima a pesar de su abuso del óleo negro y la nada simpática aparición de huellas de pies en la superficie de sus cuadros ). El pintor uruguayo y el español se odian acérrimamente, si este odio no ha reventado en una masacre memorable es por la manera en que un tácito pacto los aguanta hasta la desaparición de su conjunto enemigo desvergonzado: el pintor chileno. La completa supresión de la actividad pictórica en territorio chileno es propósito común de ambas naciones. Esta alianza recoge su justificación en las infames invasiones chilenas a museos paraguayos donde han pretendido establecer una base de influencia que termine por teñir el vasto territorio sudamericano de la desigual e inorgánica obra del pintor chileno. A España sobran razones para el inmediato cese de la propagación diletante de esta pintura mientras que el Ministerio de Educación y Cultura de Uruguay ha subordinado el impuesto de educación a las costosas escaramuzas de hordas de pintores instruidos en la fe constructivista que dos veces al año se desplazan a Paraguay armados con oleos blanco y negro 120ml y dos pinceles afín de bajar el tono de la estridente e invasiva pintura chilena. El gobierno de España (con posibilidades financieras mas opulentas) dispone tropas de pintores cuya tarea no es ya modificar el tono sino organizar en la medida de lo posible las relaciones cromáticas de la pintura chilena de acuerdo a su máximo potencial expresivo (según la ideología pictórica del estado español, claro esta).
La nación paraguaya contempla estos enfrentamientos impotente dado su inoperante estilo pictórico heredado de las tradiciones textiles guaraníes.
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miércoles, 28 de noviembre de 2007
Karel van der Veer
Toda resistencia al orden contemporáneo involucra una tacita cooperación con la prolongación de esta época. La oposición opera como órgano de mesura, de postergación del fenómeno inexorable al que se dirige el hombre del siglo XXI.Modificar significativamente la faz del orden actual es simplemente imposible.El mundo del pintor alemán del siglo XVIII contaba con fronteras culturales relativamente acordes a las dimensiones culturales del mismo. El vencimiento de este tiempo esta firmado en sus pilares, las fuerzas contrarias al su libre desarrollo moderan el apresuramiento a ese desenlace. (…) La cultura no solo absorbe (como sugiere la ideología contemporánea) sino que también precisa necesariamente expandirse de manera que su extensión suprima aquellas que de alguna manera oponen su cosmogonía. Como verán estamos sumidos en la cultura mas férrea de todas, esta que viene abriéndose camino desde hace siglos ingiriendo cuanto en su camino aparezca pues es su característica central la inabarcabilidad, la magna obesidad que impide al hombre tener percepción clara de su diámetro (…) La función del arte en la contemporaneidad equivale al efecto conversor del arte egipcio, cristiano o persa, es decir: hacer egipcios, europeos o persas. El arte contemporáneo produce dos tipos de hombres convenientes a su motor: el hombre flexible, cuya elasticidad es útil en tanto que promueve la ingestión de formas inorgánicas. El segundo hombre es producto de la dócil marginación que le es sugerida siendo excluido culturalmente del paratexto. Las audaces legitimaciones del sinsentido no llegan a sus manos, se adjudica entonces a si mismo la inoperancia ante la obra retirándose humildemente del circuito. Esta mansedumbre ante lo esotérico constituye el segundo elemento clave del combustible de este tiempo. (…) El mundo se ha hecho demasiado grande para el individuo, la disonancia natural entre individuo y especie es hoy un sonido insignificante, el barullo de la especie enmudece e incomunica las insolentes resonancias de este. (…)
Extractos de: El arte sordo
Karel van der VeerNace en Eindhoven en 1946 y a los 15 años se traslada con su madre a Bruselas donde se inicia en el oficio del grabado en la academia de artes graficas de esta ciudad. Su actividad principal esta vinculada al grabado y la instalación. En 1986 recibe una mención de reconocimiento del estado belga.
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