martes, 19 de febrero de 2008

Héctor Leonel Reyes Mora

RECUERDO Y PREDICCIÓN


A Verónica Reyes Mora


No lo he de buscar en las trizaduras de un lamento,

no lo he de intentar al ahora de un calor de lluvia de junio erguido,

he de ir a la naturaleza que nunca divaga,

he de presentarme al raciocinio de mangas largas,

para poder encontrar al ser bello y fidedigno.


El viaje constaba de escasas cuadras de compañía,

la mano dura sobre la blanda flor,

el mandado rumbo a su conocido propósito,

el camino limpio aunque terroso,

mi hermana y yo jugábamos a crecer.


Un día después de clase y con el sol en su voraz mediodía,

yo podía disfrutar de la niñez cuando me asomaba a su jardín

para compartirle una pequeña moneda discreta,

era la hora del recreo una vista que no se pierde

aún con el sufrimiento de la hora en que ninguno de los dos

estuvo para salvar al otro de su marca infame

que ennegrece a cualquiera que sepa llorar.


Aquí se asoma el presente y habla de nuevas lágrimas por compartir,

yo intento el poema que hable de ella y de mí,

sin que tenga que ver con las glaciaciones del pasado

ni con la angustia enfebrecida de un incierto vuelo solitario,

es que le he fallado como a nadie en esta vida,

y quiero argüir sin demora mi escarmiento,

mi profunda convicción de mejoría.


Pero el viaje aquél siempre se alía con la desdibujada maraña del ahora,

y me conformo con no salir de estas moradas cuatro esquirlas,

aunque den las apresuradas ocho horas de la salida.


Si no en esta ficción de noche,

alguna fría mañana

—lo predigo ahora—

saldrá la hermosa cara del agua que lavará su culpa y la mía

—dos olvidos por no saber vivir—

para fundar la otra cara de la alegría en el páramo

rígido de la cobardía.



MI PADRE
(DEL ADAGIO EN COMPOSICIÓN)


Llegaría en tren justo a las cuatro de la tarde,

ese día no hubo hormigas laboriosas,

sólo un ruido más continuo en la estación.

Mamá llevaba un vestido nuevo,

mi hermano un raspón en la rodilla derecha.

Sin palabras, sólo risas que sostenían el cielo azul.

El mantel era una demostración de fidelidad;

la comida, el respiro de quienes no viven para trascender,

es decir, la verdadera comunión con los alimentos.

Los juegos giraron en notas meditadas,

inscritas en los cuadernos de la edad.

Portarse bien no costaba mínimo afán.

Los pájaros seguían haciendo planes de mudanza,

el calor era una pertinaz mentira.

La risa de mamá se terminaba.

Veía a mi hermano un poco más enterado de los años.

Mi padre no llegaría.

Diciembre se sentía azul, preciso,

sin inconsistencias;

los trenes eran orugas muy deterioradas por los ojos de la espera,

sin embargo cada vez que pasaban se erguía vistosa la bandera familiar.

Mamá se desvanecía, cambió, ganó la mirada de la resignación,

creció muchos años ese día.

Mi hermano anhelaba la llegada de la Navidad,

yo pensaba en por qué no había venido Vero con nosotros.


Un taxi nos depositó en la costumbre.

Creo que mamá no lloró.

Papá no llegó,

luego supimos que el tren que resguardaba había sufrido un accidente.

Mi papá vive aún,

mi hermano está lejos aunque a veces tome o coma conmigo,

de Verónica me pregunto ¿dónde se nos quedó?